Puerto Padre ¿Villa Azul o Villa de los Molinos?

Siempre he simpatizado con la historia que le atribuye el nombre de Puerto Padre a un diálogo entre un marinero y un cura a bordo de una de las carabelas de Cristóbal Colón. «¡Qué puerto, Padre!», aseguran que le dijo el marino al cura, extasiados ambos por la belleza desplegada ante sus ojos. No puedo dar fe de la autenticidad de esta parábola, pero cuentan que Puerto Padre se llama así desde entonces.

Realmente, se trata de una ciudad encantadora. «A pesar de ser pequeña, figura entre las más limpias y bellas de Cuba, con una fisonomía y un desarrollo cultural únicos, que reproducen en breve formato a las grandes urbes de anchas avenidas, paseos y malecón», dice de la localidad y de sus atributos una guía turística. Imagino a los portopadrenses hinchados de orgullo por tan elogiosa y merecida apología. Ellos suelen agradecer por toneladas cuanta palabra ensalce los atractivos de su terruño, y blasonan, entre otras cosas, de que la ubicación geográfica de la villa aparece reflejada con la denominación de PortusPatris desde el distante siglo XVI, en la cartografía del llamado Nuevo Mundo.

El epíteto de Villa Azul, que también identifica al carismático pueblo, debutó después, motivado quizás por la azulada tonalidad de su mar y de su cielo. El primero en emplearlo públicamente fue el periodista Manuel García Ayala, quien le dio vida en un poema suyo allá por los años 20 del siglo pasado. El apelativo ganó, raudo, el beneplácito de la gente. Tanto, que los comerciantes más avispados lo adoptaron como eslogan. ver más