Entrar a Cuba con una “ayudita”

Tomado de El Toque

Hédel Núñez Bolívar .Sala de espera del aeropuerto de La HabanaEn los aeropuertos cubanos es común que los mismos trabajadores de la terminal faciliten “variantes” a los viajeros para evitar problemas en el control aduanero. No sé si llamarlo “soborno”, cuando no son los pasajeros los que intentan corromper a los funcionarios sino al revés, los funcionarios “ofrecen un servicio”.

Por: Hédel Núñez Bolívar

La Aduana de Cuba es uno de los fantasmas que acechan al viajero nacional. No soy la excepción, así que desde el mismo día que decidí viajar a Cuba me dispuse a leer, preguntar y familiarizarme con los términos y proceso de la Aduana Cubana para evitar violar la ley, pero que tampoco violaran mis derechos.

Con las cosas medianamente claras -porque es difícil entender todo lo que sobre la importación sin carácter comercial está legislado en la Isla- aterrizamos mi esposa y yo en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional José Martí, procedentes de Suiza, y con la certeza de que por ser uno de los pocos cubanos en el vuelo, atraería toda la atención de los aduaneros hacia mi equipaje.

Poniendo el primer pie dentro de la terminal, me abordó una trabajadora del lugar (que no era oficial aduanera) y muy gentil me ofreció ‘ayuda con el equipaje’. En buena forma lo negué, porque sabía que veníamos por debajo del peso y porque estaba seguro que nada compremetedor había en nuestros bultos.

Era un día de julio y de golpe más de 200 pasajeros llegamos a la pequeña terminal, para ser acompañados minutos después por otro vuelo procedente de Miami. Las 17 ventanillas de Inmigración que nos atendían estaban saturadas, y las restantes eran para pasajeros V.I.P., diplomáticos y personas discapacitadas. Esas, evidentemente, se mantenían casi siempre vacías.

De repente se armó también una cola en las ventanillas de V.I.P. Lo que en inicio consideré una medida para agilizar el chequeo en la frontera de repente se me reveló como el “modus-operandi” de varias trabajadoras aeroportuarias: al pasajero recién llegado que aceptara la ‘ayuda con el equipaje’ a la cual al inicio yo me negué, estas solícitas “compañeras” lo redireccionaban muy rápido hacia la cola de la ventanilla “express”. Allí otras colegas del aeropuerto lo esperaban con agendas y libretas, en un ademán de orden y cuidado que solo encubría la jugada.

Quise pensar que todo era un servicio más del aeropuerto, pero teniendo a más de 200 europeos en la sala ¿por qué sólo se lo ofrecían a los pasajeros cubanos? El “cambalache” me resultaba evidente, pero me costaba creerlo al ver pasar continuamente por el lugar a oficiales de Inmigración, a otros trabajadores del aeropuerto y hasta un Mayor del Ministerio del Interior.

Me molesté mucho. Había privado a mi familia, y hasta a mí, de productos que por ley no se pueden importar a Cuba. Había extraído muchas cosas importantes de mi maleta para viajar por debajo de los 30 kilogramos que permite la Aduana cubana. Una vez más, cumplir con la ley sólo me reportaba tranquilidad espiritual; pero lamenté comprobar con mi propia vista la facilidad con la que la que algunos garantes de la Ley hacen y deshacen con su letra lo que les venga en ganas.

Como toda historia merece un final feliz, debo agregar que a excepción de esta situación, el resto de nuestro paso por la terminal aérea no tuvo mayores contratiempos. Quizás, como sugerencia, se puedan mejorar los tiempos para el paso fronterizo por el cual demoramos aproximadamente hora y media.

Las blusas coloridas y de tirantes de las muchachas que comprobaron nuestro equipaje de manos por el rayos-X, en lugar del regio uniforme de la Aduana General fue la primera impresión que me hizo entender que había vuelto a mi Isla en el trópico. Cuando finalmente llegó el momento de enfrentarnos a un representante de la Aduana uniformado, el que estaba en su puesto sólo pasó el ojo por encima de nuestro equipaje y sonriente nos dijo: Bienvenidos a Cuba.

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